Hemisferio Norte vs. Hemisferio Sur

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Internacional Super Rugby

Asistimos en los últimos meses, tras la disputa del Copa del Mundo 2015, a un debate sobre las diferentes formas de juego del rugby. La división que se plantea, inicialmente, parece simple: hemisferio norte vs. hemisferio sur.

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Este criterio lleva a realizar un (injustificable) ejercicio de simplificación: si en cada hemisferio se juega igual, eso implica que todas las selecciones –nos limitaremos a presentar a las diez que disputan los dos grandes torneos anuales– realizan el mismo tipo de juego. Si realizamos la siguiente extrapolación, nos lleva a una conclusión todavía más aplastante y absurda: cinco franquicias neozelandesas, seis sudafricanas, cinco australianas y una argentina juegan todas igual. El caso europeo resulta todavía más injustificable: las competiciones europeas de clubes (que disputan los 38 de las tres grandes ligas) son un monólogo constante dentro del terreno de juego.

Resulta sencillo salir de esta espiral de confusión. El pasado fin de semana pudimos ver en los cuartos de final de la Champions Cup europea a cinco equipos ingleses y tres franceses con más diferencias que similitudes a la hora de desempeñarse sobre el campo. Desde el juego basado en la velocidad y destreza de los backs de Wasps a la dinámica delantera de Exeter, pasando por el equilibrio con el que los Northampton Saints consiguieron frenar durante 60 minutos la superioridad manifiesta de Saracens y terminando con una demostración de recursos de la línea de Leicester Tigers ante la inoperancia defensiva de Stade Français.

Tampoco se puede uniformar el planteamiento de juego de Racing 92 y de Toulon. El equipo parisino ha ido derivando hacia un modelo en el cual se nota la influencia de sus jugadores neozelandeses: búsqueda de pases después del contacto, alejamiento rápido del balón en los puntos de encuentro, apoyos constantes al portador de la pelota, búsqueda del pase extra… Todo cambio en el estilo de juego procede de una intención previa de realizar ese cambio. El orden está claro: de la teoría se pasa a la práctica y a partir de la combinación de ambas se avanza hacia un resultado final, el concepto de juego.

En el caso del Super Rugby podemos llegar a las mismas conclusiones. Si observamos a las franquicias neozelandesas, resulta muy sencillo poder ver las acusadas diferencias del juego de Crusaders respecto al de Chiefs o Hurricanes o las marcadas discrepancias conceptuales entre el equilibrio de Highlanders y el rugby desordenado de Blues.

El ejemplo sudafricano es igual de claro: poco o nada que ver entre el concepto de Sharks y Bulls y el de Stormers, Lions o Cheetahs. No tiene ningún sentido hablar siquiera de el estilo de juego sudafricano. Resultará muy interesante ver si el estilo de los Springboks de Heyneke Meyer se parecerá mucho al del equipo que vaya a confeccionar Allister Coetzee (recién nombrado seleccionador). Conviene recordar lo poco que se parecían sus Stormers (los dirigió desde 2010 a 2015) a los Sharks y los Bulls que constituían la columna vertebral del equipo (por jugadores e ideario) del seleccionador saliente.

En Australia nos encontramos con que la franquicia que realiza un juego de ataque con más similitudes al de los Wallabies es… Western Force. Brumbies y Waratahs (Michael Cheika simultaneó los puestos de entrenador de la franquicia y del equipo nacional) difieren en estilo entre sí y también respecto a la selección australiana, en cuyas filas sus jugadores son mayoría aplastante.

Hay un caso todavía más revelador: Jaguares (única franquicia argentina). Tienen en su plantel a todos los jugadores de Los Pumas, pero ni son el mismo equipo ni juegan de la misma forma. Si dos equipos (que son uno por sus jugadores) no se uniforman en cuanto a estilo, no resulta difícil imaginar lo absurdo de las tendencias simplificadoras en el resto de los casos.

Si alguien es capaz de afirmar que All Blacks y Springboks juegan igual o que el ideario de Escocia y el de Irlanda es el mismo porque son equipos del hemisferio sur o norte, es porque mirar y ver –en este caso– no son sinónimos aunque lo parezca.

El texto de Javier Señaris Senra fue publicado en el sitio de Marti Perarnau

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